miércoles, 25 de noviembre de 2015

Iglesia de San Pelayo de Ayega

Una tranquila carretera de unos diez kilómetros de longitud une las localidades, de cierta importancia, de Balmaseda en Vizcaya y de Arceniega en Álava. Curiosamente, buena parte de esta carretera transita por una pequeña fracción del territorio burgalés que no tiene ningún otro acceso rodado.
 
Se trata del valle de Ayega, el quinto y más pequeño de los valles de Mena (los otros cuatro son Cadagua, Ordunte, Angulo y Tudela). De hecho, estamos en la zona más alejada en vehículo desde la capital burgalesa; “donde cristo dio las tres voces”, como diría el otro.
 
Tomando un camino lateral, en estado regular tirando a malo, desde esta carretera, llegamos a minúsculo núcleo de San Pelayo de Ayega. Apenas un grupo de casas en las que sin embargo encontramos alguna de gran porte.



Pero si nos hemos acercado hasta aquí ha sido buscando la iglesia que da nombre al lugar. Varios indicios apuntan que esta iglesia perteneció en su momento a un pequeño monasterio, vinculado inicialmente al de Bujedo de Candepajares, aunque acabaría pasando a manos nobiliarias (tal vez la casona que acabamos de contemplar guarde alguna relación).
 
 
La iglesia, construida en mampostería enfoscada, conserva del periodo románico la cabecera y su portada, protegida por un moderno atrio. En el ábside el único elemento del muro que rompe la uniformidad es una pequeña ventana con toscos capiteles y decoración.
 

 
Más interesantes, por la enigmática decoración, son los canecillos que recorren la parte superior, personajes en diversas actitudes difícilmente explicables y animales reales o fantásticos.
 




 
Más curiosa si cabe es su portada, más bien el tímpano. Si alejarse de la tosquedad, la escena, labrada en una única piedra, muestra cuatro figuras ataviadas con largas túnicas. Sobre ellas aparecen siete figuras de ángeles. A la izquierda un personaje de larga cabellera desquijarando a un león y a la derecha el mismo animal devorando la cabeza de una persona.
 
 

Bajo el tímpano aún puede intuirse la inscripción EGO SUM PELAGIUS CORDUBA; es decir “Yo soy Pelayo de Córdoba”; una evidente alusión al titular del templo. Una posible interpretación de este tímpano podría ser la oposición de lo humano y lo divino, tanto en el plano vertical (hombres frente a ángeles) como en el horizontal (el hombre devorado por sus pasiones y la fe dominando al león).
 
Protege al templo una moderna y no demasiado estética cubierta. Del mal el menos pues el edificio estuvo abandonado y su tejado se hundió a finales de los años setenta, apareciendo imágenes en estado de ruina y a punto del colapso en algunas publicaciones especializadas. Afortunadamente hace no muchos años se ejecutó el proyecto de restauración que ha dejado el templo en las condiciones que lo vemos actualmente.

1 comentario:

Lebato de Mena dijo...

¡Vaya! este fin de semana pasé por allí.