miércoles, 17 de septiembre de 2014

Monasterio de Villamayor de los Montes


Hablábamos en nuestro anterior artículo de un monasterio desaparecido sin apenas dejar rastro y retomamos nuestros escritos con este monasterio, este sí en activo y relativamente conocido. El monasterio cisterciense de Santa María la Real se ubica en el mismo casco urbano de Villamayor de los Montes, muy cerca de la localidad de Lerma y de la autovía A-1. Ello hace que sea bastante fácil acercarse hasta el lugar, aunque no sea más que por probar las ricas pastas que siguen elaborando las monjas.

El origen de este monasterio hay que vincularlo a la figura de García Fernández, personaje muy presente en la corte real entre finales del siglo XII y principios del XIII. De incierto origen, tuvo gran influencia en las cortes de Alfonso VIII y Fernando III el Santo, y fue designado como ayo o tutor del futuro Alfonso X el Sabio, parte de cuya educación se llevaría a cabo en las posesiones de García en el pueblo de Villaldemiro.

En 1223 García toma bajo su protección un monasterio preexistente de carácter familiar, dedicado a san Vicente, advocación que aún conserva. La carta original por la cual los antiguos propietarios ceden el monasterio se conserva en el archivo del monasterio. También se conserva el documento del acto de fundación como tal, en 1228, en la cual García cede la propiedad al monasterio, junto con una amplia dotación inicial, y lo deja bajo el amparo del monasterio de las Huelgas. La primera abadesa es doña Marina, profesa en el monasterio de las Huelgas y cuñada de don García, que tuvo gran influencia en todo este proceso. A la abadesa acompañaron doce monjas profesas, que constituyeron la primera comunidad de Villamayor


Este patrocinio se irá ampliando por las donaciones de García y herederos. Don García muere hacia el 1250 y sus restos son enterrados en Villamayor, donde aún reposan. Los Fernández acabarían entroncando con los Manrique, cuyos trece besantes o monedas figuran en varias partes del monasterio. También el rey Fernando cedería muchas herencias y derechos al nuevo cenobio. Las propiedades adscritas al convento se situaban fundamentalmente en la comarca pero por ejemplo figuran algunas en las localidades cántabras de Polanco y Villescusa de Ebro.

Pasando a lo constructivo, al exterior observamos un edificio compacto y sobrio. Llama la atención la existencia de dos iglesias, con sus correspondientes espadañas. La más pequeña se corresponde con la parroquial del pueblo, que aparece como embutida en el monasterio.


La entrada principal del monasterio muestra una alargada fachada en la que aparecen los escudos de los fundadores y los de la familia Echevarría (también propietarios de la Granja de Villahizán) que en los años 60 patrocinaron la restauración del convento.

 
La iglesia transmite elegancia y sobriedad, obedeciendo al arte gótico. En la misma encontramos el sobrio sarcófago (se observa en la parte derecha de la siguiente imagen), trasladado aquí en 1972, en donde se encuentran los restos del fundador. Anteriormente se encontraban en un sepulcro de madera muy deteriorado (uno similar, que cobijaba a su hijo, se encuentra actualmente en el museo Fogg de Estado Unidos). Encontramos también otros sepulcros de las familias patrocinadoras del monasterio.


 
El coro abacial se quemó en un incendio acontecido en 1575. El que vemos ahora data del siglo XVII y es mucho más sencillo. Otros incendios acontecieron durante la ausencia en Lerma y en 1721, en el cual según parece incluso se fundieron las alhajas de la sacristía.

 
Por cierto, el traslado forzoso a Lerma tuvo lugar en 1617, debido a la presión del Duque de Lerma a la Santa Sede. La caída en desgracia de éste último permitió el regreso diez años más tarde. Como compensación la Casa Ducal pagó a las monjas 11.000 ducados (utilizados según parece para la construcción del coro que ya hemos citado). Se cuenta una leyenda relativa a este periodo, según la cual dos monjes, uno con hábito negro y el otro con el sayo blanco, tal vez los espíritus de San Benito y San Bernardo, vigilaban el monasterio día y noche para evitar que los ladrones cometieran tropelías en su interior.

El claustro es muy sencillo, al gusto cisterciense, pero extremadamente armonioso. Recuerda lejanamente, lo mismo que la iglesia, a las formas del Monasterio de las Huelgas.








Muy interesante y original, aunque puede pasar inadvertida, es la alfombra pétrea que se remonta al siglo XVI. En la misma aparecen diversos motivos, entre los que figuran escenas de animales y el escudo de las familias donadoras del monasterio. Este peculiar y valiosísimo enlosado formada a base de cantos redondeados ha sido restaurado parcialmente.
 
 
Estrella hexapétala, tan abundante en las fachadas de las casas de la zona
 
Escudo de los fundadores
 
círculos entrelazados
 
escena de caza
 
ciervo

Podemos citar un pequeño milagro acontecido en el año 1942. Necesitando el cenobio de agua para cultivar la huerta, las monjas rezaban para encontrar el lugar más idóneo para cavar un pozo. Una ráfaga de viento quitó de manos de una monja un breviario que cayó al suelo, y la abadesa ordenó cavar en dicho punto encontrándose agua con facilidad. La obra fue sufragada por el arzobispo de Valencia, don Prudencio Melo, cuyo nombre aparece grabado en la piedra junto a la que surgió en manantial (hasta se cuenta que esta piedra tiene forma de corazón). Lamentablemente no podemos constatar este hecho pues la piedra y el pozo se encuentran en la zona de clausura.

Hoy la comunidad de Villamayor la constituyen aproximadamente una decena de monjas. Además de los productos de repostería aún siguen vendiendo, como desde hace siglos, una peculiares “cartillas” a modo de protección de la brujería.



Esta original reminiscencia de la religiosidad popular contiene unas imprecaciones escritas en latín y castellano de contenido ciertamente llamativo, con frases como “Apártate Satanás, nunca me aconsejes cosas vanas, son males que tú mismo das, tu propio veneno bebas. La santa cruz sea para mí la luz. Que el Dragón no sea quien me conduzca”. Tradicionalmente estas cartillas eran empleadas como protección ante las enfermedades del ganado, colocándose en lugares bien visibles de los establos.

Si queréis saber más sobre la vida en el monasterio de Villamayor de los Montes puedes consultar su amplia página web.