viernes, 12 de septiembre de 2014

Antiguos monasterios burgaleses: San Esteban de los Olmos

No lejos de Hurones, en las proximidades de Villímar y a tiro de piedra de la capital, en un escondido vallejo, se encuentra una poco conocida residencia propiedad de las Franciscanas Misioneras de María, destinada a la atención de las hermanas más ancianas después de su periplo por diversos lugares del mundo. La residencia, conocida por los lugareños como “los descalzos”, lleva el nombre de “San Esteban de los Olmos”.
 
 
Ambas son pistas que nos conducen al origen del lugar, un antiguo monasterio franciscano, cuya historia se remonta al siglo XV.

Pocos vestigios quedan del antiguo convento, apenas la valla perimetral y una especie de torre con remates almenados y escudos de los Sarmiento, restos de los antiguos edificios.


Y si no queda apenas nada material, viene a pasar lo mismo con lo documental. Los textos que se conservan en relación a este monasterio hacen referencia fundamentalmente a la vida conventual y apenas nos ofrecen información de valor histórico. Sin duda el carácter franciscano del monasterio, en el que la pobreza y austeridad eran notas predominantes, está entre las razones de esta situación.

De lo que he podido informarme parece ser que el monasterio de San Esteban de los Olmos fue fundado por fray Lope de Salazar y Salinas, uno de los monjes franciscanos más destacados de su época, hacia el año 1458. Su constitución, así como las de varios otros como Alveinte o San Bernardino de Poza, tuvo lugar en un periodo de importantes convulsiones y reformas de la orden, lo que vino aparejado de un gran dinamismo fundacional.

El convento se levantó con el beneplácito y apoyo  del Obispo de Burgos don Luis de Osorio y Acuña, quien incluso donó la antigua ermita de San Esteban y el área circundante en torno a los cuales se levantarían los edificios conventuales. Según parece este pequeño valle era especialmente abundante en los ahora malogrados Olmos, y de aquí el sobrenombre del monasterio.

Muerto el fraile fundador, es el Arcediano de Valpuesta don Pedro Girón y Sarmiento, el que da un importante impulso al cenobio mejorando sus instalaciones, las cuales parece que destacaban por la abundancia de aguas y jardines. El sepulcro de Pedro Girón se erigió en el monasterio, estando los restos del mismo actualmente en el museo de Burgos.

Bajo las reglas de pobreza más estrictas, la vida en el monasterio dependía de la limosna, aunque no faltaron las ayudas de personajes nobles, algunos de los cuales mandarían también ser enterrados en el monasterio.

Como hemos apuntado anteriormente, existen documentos que reflejan la vida ejemplar de muchos de los moradores de este monasterio. Entre sus ocupantes más ilustres figuró monje Fray Antonio de Marchena, que años más tarde sería uno de los principales apoyos de Cristóbal Colón en sus proyectos exploratorios.

El monasterio empezó el siglo XIX con más vitalidad que otros del entorno. Hacia los últimos años incluso se impartía filosofía y funcionaba como casa de ejercicios. Tras varios periodos de abandono temporal debidos a la invasión napoleónica y fases revolucionarias la exclaustración definitiva tuvo lugar en 1836.

Tras el periodo de pillaje correspondiente, el terreno fue vendido a un particular. El mismo mandó destruir la iglesia y el convento para usar las piedras en la construcción de una fábrica de harinas en La Ventilla, actualmente abandonada.
 
 
De este proceso se salvaron algunos sepulcros. Además del ya indicado de Pedro Girón, se conserva en el museo de Burgos el enterramiento de D. Antonio de Sarmiento y de su esposa María de Mendoza. Es obra del siglo XVI, probablemente de Juan de Vallejo. También se encuentra allí el sepulcro de doña María Manuel, con una estatua yaciente en alabastro (el que aparece en la siguiente imagen). No se sabe a ciencia cierta cómo acabaron los tres sepulcros en el Museo.
 


La finca acabó en manos de los marqueses de Murga. Fueron ellos los que mandaron construir, a la vera del camino, la ermita del Santo Cristo donde se venera otra copia fiel del célebre Santo Cristo de Burgos, debida al escultor burgalés D. Fortunato Julián; y los que cedieron la finca a sus actuales propietarias.
 
 

 

2 comentarios:

MAC dijo...

Gracias por toda la información, increíble que todavía queden restos con los avatares que ha sufrido. Un saludo,

Montacedo dijo...

De nada hombre