Este fin de semana tiene lugar en Poza de la Sal una nueva edición del carnaval tradicional, recuperado hace unos años. Comienzan los actos el "jueves de todos" con el reparto de choricillos en los bares del pueblo; pero el evento central es el desfile del sábado, comandado por el Zamarro y el Cachibirlo. Junto al Zamarro y el Cachibirlo transita la centenaria y conocida banda de la localidad, así como la chavalería que luce disfraces más "convencionales".
El Zamarro y el Cachibirlo frente al arco del Conjuradero. Por "problemas técnicos" el Zamarro no pudo lucir el traje completo de lana de oveja.
Un peculiar músico incorporado a la banda.
Transitando por las calles del pueblo.
El Cachibirlo reparte higos a los asistentes
He intentado encontrar más información acerca de este Carnaval, hasta ahora sin resultado. Acabo este breve artículo con un pequeño vídeo.
Propuesta de recorrido sorprendentemente poco conocido, que combina en un recorrido sencillo y más bien corto dos de las zonas de cascadas más interesantes de la zona: las del río Hijuela y las del río Ordunte. Además el ascenso al humilde pico Cabrio nos ofrece muy buenas perspectivas del valle de Mena.
Dificultad: Baja, exceptuando el trasiego entre el frecuente barro, que según las circunstancias puede resultar exasperante. Orientación (sin GPS con track o cartografía): Media. Hay que estar atentos a los cruces. Es preferible ir acompañados del track, en cuyo caso es fácil de seguir. Belleza: Alta. Intentar evitar los meses entre julio y noviembre, ya que es bastante probable que encontremos las cascadas secas. Además el bochorno puede ser importante.
La ermita de Santa María Egipciaca (o de Egipto) se encuentra en un paraje realmente escondido del Valle de Mena, cerca de la localidad de Anzo y a los pies de los montes de La Peña. En un tupido rodal boscoso rodeado de prados, sin ni siquiera un camino de acceso se encuentra el templo semiarruinado de factura barroca, no especialmente interesante ni en cuanto a lo arquitectónico ni en cuanto a lo artístico. En realidad, si me he decidido a hacer un hueco en el blog a este lugar, más allá de su singular ubicación, es por la interesante historia de su advocación y de la propia ermita.
María de Egipto o Santa María Egipcíaca fue una asceta del siglo IV que se retiró al desierto tras una vida de prostitución. Es venerada como patrona de las mujeres penitentes y generalmente se la suele representar en dicha actitud. Es una advocación muy poco habitual en nuestro país, aunque entre las excepciones cabe mencionar las escenas de su vida representadas en un fresco de la iglesia de San Salvador de Oña, datado en el siglo XIV.
Quiere la tradición que en este lugar de Anzo se apareciera la virgen a un pastorcillo, Lázaro de Crisantes, de edad 13 años, en el año 1645. Pidió la santa a Lázaro que se edificase un templo en su honor. No creyeron a Lázaro en la primera ocasión, y le conminaron a que volviera a lugar a ver si se repetía el milagro. Así lo hizo y la santa volvió a aparecer. Para que fuese creído, tomó unos hilos del gabán del pastorcillo y con ellos formó una preciosa cruz.
Esta prueba fue tan impactante que los meneses no sólo construyeron la ermita, sino que convirtieron a la santa en patrona del valle. Una versión más detallada cuenta que los vecinos de Anzo intentaron construir la ermita en el mismo casco urbano del pueblo, pero los materiales de construcción desaparecían por la noche y aparecían milagrosamente en el monte la Revilla (el nombre del emplazamiento) .Y de nada servía el esfuerzo de los vecinos para evitar este misterioso traslado hasta que comprendieron que detrás de las palabras del pastor había un poder sobrenatural contra el que era imposible luchar.
Bosquete en el que se oculta la ermita. Al fondo Castro Grande y el Fraile, siempre vigilantes.
Entonces todo el vecindario se unió para cumplir con lo que se le había encomendado, accediendo al "mandato de María" como dice una de las estrofas del cántico a Santa María Egipciaca, que todavía se conserva por aquellos lares. Desde entonces al barrio más cercano también se le denomina de Santa María. Se construyó asimismo otra ermita dedicada a Santa María Egipciaca en el lugar, más accesible, de Mercadillo, aunque no muchos años después se recuperaría el patronazgo en exclusiva para Cantonad.
La Cascada de las Pisas es una de las más conocidas de la provincia de Burgos. La forma el arroyo de La Gándara en su descenso desde el Valle de Valdebezana hacia la cuenca del Nela. Quizás parte del éxito de esta cascada, aparte de su indudable belleza, se deba al hecho de estar enclavada en un bucólico bosque recorrido por un evocador sendero (del mismo hablamos en este otro artículo).La cascada de las Pisas es fuertemente estacional, de modo que sólo la encontraremos con agua entre los meses de diciembre y mayo; y ello condicionado a los periodos de nieves, lluvias y deshielos. Al lugar se puede llegar de dos maneras. La más habitual es partiendo desde Villabascones de Bezana (hay un pequeño aparcamiento improvisado unos metros antes de llegar al pueblo). En esta opción al poco de dejar atrás al pueblo nos vemos inmersos en el hayedo. En unos minutos llegamos a una primera cascada, conocida como cascadas de los Molinos o del Arroyo de los Canales.
El camino la atraviesa por la mitad; y su visión nos da un primer dato acerca de las posibilidades de encontrar la cascada de Las Pisas con agua (si esta cascada está seca, difícilmente tendrá agua aquella).
Minutos después de dejar atrás el lugar se llega a una bifurcación. Por el camino superior se asciende un tramo y se enlaza hacia un fuerte descenso que nos deja en las proximidades de la cascada. Alternativamente se puede ir por la opción inferior; que remonta junto al río y tiene algunos puntos de cierta complejidad.
Una vez llegados a la confluencia de las dos opciones citadas, vemos un puente que nos permite cruzar al otro lado del río. En unos instantes llegamos al punto de observación de la cascada.
Es complicado acercarse más. En primer plano, a la izquierda, queda la surgencia desde la que mana habitualmente cuando la cascada no está activa.
La otra forma de acceder a la cascada de las Pisas es siguiendo el sendero GR-85 desde las cercanías del pueblo de San Cibrián. Pasado dicho pueblo el sendero continúa por la carretera hasta que se desvía hacia la izquierda; hasta terminar enlazando con el punto superior de la opción principal. En esta variante no se pasa junto a la cascada de los Molinos.
Aunque es un caso menos conocido que el producido por otros pantanos, también el embalse de Úzquiza, el principal suministro de agua potable de Burgos, guarda bajo sus aguas los restos de, no uno, sino de hasta tres pueblos. Pude comprobarlo con mis propios ojos en el excepcionalmente seco otoño de 2017.
El primero de los pueblos es el que da nombre al embalse; Uzquiza. Era el más cercano a la actual presa, casi en la vertical del pequeño portillo de “El Matorro”. Como los otros dos pueblos, fue reducido a escombros tras el abandono definitivo. Y por ello sus restos son muy escasos.
Restos del pueblo de Úzquiza. Al fondo se aprecia la presa del embalse.
Como todos los años,
aprovechando la publicación en el INE de los datos actualizados a 1 de enero de
2018 del censo de población desagregado por localidades, dedicamos a entrada de
hoy a hacer un pequeño repaso a la despoblación de los pueblos burgaleses de
menor tamaño; a modo de peculiar recuerdo a los mismos.
El primer dato que buscamos es
el de núcleos que aparecen con cero habitantes, que tras intentar filtrar
aquellos que realmente son barrios o granjas queda en 23, uno más que el pasado año (ya comentamos en su momento que en
realidad hay unos cuantos más que ya no aparecen siquiera en el censo). Las
variación consiste en que Hierro
(Merindad de Cuesta-Urria) ha perdido el único empadronado que tenía.
Como en otras ocasiones,
considero que tal vez sea más representativo el dato de localidades que no
superan los 10 habitantes, que serían aquellos con probabilidad de no tener
población "real" y en todo caso con alto riesgo de desaparecer.
Siguiendo mis criterios de limpieza de aquellos que no pueden considerarse
"pueblos", llegamos a la triste cifra de 268 pueblos o núcleos en esta situación. El pasado año eran bastantes
menos, 254 (y en 2015; 237, así que continúa la sangría). De los poco más de 1200 pueblos de Burgos, la friolera de 961 tienen
menos de 100 habitantes.
En este sentido, las
ampliaciones del censo entre los pueblos más pequeños son bastante humildes.
Podemos citar a Peñalba de Manzanedo, que pasa de 1 a 3 habitantes, o el
cercano Manzanedillo, que pasa de 2 a 4. Valmayor de Cuesta Urría,
escenario hoy en día de un interesante proyecto de repoblación, sube de 2 a 5,
Quintanilla-Colina de 4 a 7, San Esteban de Treviño de 4 a 9; o Encio de
9 a 13 habitantes.
Por el contrario, las
reducciones censales son bastante más frecuentes y bruscas. Podemos citar los
casos de Villanueva-Rampalay, que pasa de 3 a 1. Campo (Villarcayo), de 7 a 3,
Ranedo (Tobalina), de 10 a 6; Leva, de 11 a 6, o Paules de Lara, de 12 a 7.
Especialmente triste es el caso de Valpuesta, cuna de nuestra lengua,
que pierde 7 de sus 16 habitantes.
De los 371 municipios de
Burgos, 289 tienen una densidad inferior a los 10 hab/km2 (tampoco
la media provincial es para tirar cohetes unos 25 hab/km2, siendo la
decimosegunda menos poblada de España). Estos
289 municipios representan más del 77% del territorio y menos del 13 % de la
población.
Ya hemos reflejado en algunos artículos que Santo Domingo de Silos tiene una historia más allá de su afamado Monasterio, historia incluso en cierta medida opuesta (en su momento tuvieron incluso luchar para que se les permitiera construir una iglesia independiente de la abacial). Esta dicotomía es un hecho consustancial a las localidades que nacieron al calor de grandes monasterios. Y quizás el evento más famoso de Santo Domingo de Silos, la fiesta de los Jefes, tenga en su carácter profano uno de sus elementos más atrayentes.
Las hogueras de sabina (enebro) forman parte fundamental de la fiesta
Cada año, el último fin de semana de enero la localidad se transforma y bulle de actividad: es la Fiesta de los Jefes. Aunque realmente tiene su comienzo algo antes, el día de Reyes, momento en el que se procede al sorteo de los cargos de Capitán, Cuchillón y Abanderado entre los varones casados del pueblo.
En la mañana del último sábado del mes de enero, el pueblo se reúne en la plaza. Es el momento de ir a buscar a Los Jefes a sus respectivos domicilios. Entre el gentío, observaréis como hay dos grupos de personas que destacan por su indumentaria. Los hombres vestidos con capa castellana son los comisarios de la fiesta y suelen ser todos los cabeza de familia de la villa. Los niños ataviados con chalecos y polainas de borreguillo y cargados con cencerros son la representación de los ganados que durante el incendio fingido de Silos se encargaran de provocar el mayor ruido y alboroto posible. Conducidos por el aire marcial del tambor, se procede a recoger al Cuchillón, al Abanderado y finalmente al Sargento. Completa la comitiva, se dirigen al Monasterio, donde la Comunidad los recibe en el patio de San José. Allí, el abanderado hace una demostración de su pericia y se entona repetidas veces el grito emblemático, una especie de “tantra”, de toda la fiesta: ¡Viva nuestra devoción al dulce nombre de Jesús y de María!
Los hombres con sus capas castellanas acompañan el recorrido nocturno
De nuevo en la plaza, tiene lugar la lectura del Pregón y, concluido éste se realiza una especie de presentación formal de los jefes del año. Todo el pueblo forma un gran círculo y en su interior cada uno de los jefes dará una serie de vueltas con aire gallardo y solemne, finalizado éstas con el consabido Viva.
A primeras horas de la tarde se celebra la Corrida de Gallos o Las Crestas, ritual antiquísimo en el cual los jefes, y posteriormente cualquier audaz jinete, habrán de intentar cobrar alguna de las prendas que cuelgan de una soga que es hábilmente manejada por un vecino para entorpecer las aspiraciones de los participantes.
Los jóvenes y niños portan chalecos y polainas de borreguillo; además de cencerros
Afortunadamente hace años que estas prendas sustituyeron a los antiguos gallos que dieron nombre al acto. Y tras Las Crestas, La Carrera de San Antón, ecuestre en la cual los jefes y otros vecinos competirán por alzarse con la victoria en un breve pero complicado circuito urbano.
Con la llegada de la noche, tiene lugar el que probablemente sea el acto más espectacular y llamativo de toda la fiesta: Silos en llamas, cuyas imágenes acompañan a este artículo. Se encienden hogueras por todos los rincones; los hombres, escoltando a los jefes, recorren varias veces el pueblo, portando teas e invocando los nombres de Jesús y María; los más jóvenes se cargan de cencerros y provocan la realista sensación de una desbandada general de animales domésticos. En la plaza, una gran pira sirve de punto de reunión de todos los participantes y en torno a ella concluye esta jornada.
El domingo está consagrado casi por completo a las Benditas Ánimas. Por la mañana se celebra una misa dedicada a todos los silenses difuntos. De una emotividad incomparable es el Rosario que se reza por la tarde. El luto de los jefes, las letanías acompañadas por el grave resonar del tambor, la austeridad de la procesión y el recogimiento general de la ceremonia conforman la antesala de lo que será el último de los rituales de la fiesta.
Como al principiar Los Jefes, la plaza es escenario de la postrera representación de la fiesta. Una a una, las mujeres de los jefes, vestidas de luto y hermosamente tocadas, tomaran el cuchillo e iniciaran un gracioso desfile, concluyendo el mismo con las mil veces repetida aclamación de los nombres de Jesús y de María.-
¡Viva nuestra devoción al dulce nombre de Jesús y de María!
Cuenta la leyenda que durante la invasión musulmana de la Península, un ejercito de moros puso sitio a la villa de Santo Domingo de Silos. Ante la desigualdad de las fuerzas encontradas, un vecino de la misma ideó una estrategia singular: simulando un incendio, y con él la destrucción de cuantos bienes hubiera en el pueblo, el enemigo daría por inútil cualquier intento de asedio. Y así fue. En la oscuridad de una fría noche castellana, ardiendo numerosas hogueras, resonaron gritos de alarma, retumbaron en todo el valle los ecos de cientos de cencerros en estampida y, por fin, el gran teatro del caos devastación dejó atónito al sitiador, quien optó por volver grupas y olvidarse de aquella villa arrasada por el fuego.
Sin embargo, la complejidad de la fiesta y la variedad etnográfica de los elementos que la componen nos hacen pensar que estamos en presencia de un ritual conformado a través de la superposición de diversas tradiciones; fundamentado en múltiples orígenes, algunos históricos, otros imaginados, y, en fin, dotado de una plurisignificación antropológica tan apasionante como intrincada.
Fuego, caos, hombres vestidos de animales, ruido carreras de gallos, ecos lejanos de un pasado moruno, acoso de nobles y resistencia de un pueblo comandado por un enérgico abad, jerarquías palpables, presencia de la comunidad de los muertos, protagonistas vestidos con indumentarias militares decimonónicas y señas inequívocas de la francesada y las guerras carlistas, advocación franciscana que combate la blasfemia, jefes que recuerdan una peculiarísima forma de organización político-administrativa de la Villa de Silos, son algunos de los fascinantes componentes que hacen de la fiesta de Los Jefes un mosaico irrepetible de tradiciones intercaladas y perfectamente compatibles.