martes, 29 de septiembre de 2009

Árboles singulares: El nogal de San Pedro de Arlanza.

El árbol al que le dedico hoy el post es poco llamativo a menos que nuestro objetivo primigenio sea localizarlo. Se encuentra muy cerca de la explanada que sirve de aparcamiento para la "visita" al monasterio de San Pedro de Arlanza, en la campa situada a la derecha de un edificio que parece una antigua tenada.

En primera aproximación parece un tocón quemado y ya seco, flanqueado por un arbolito que bien pudiera ser su hijo, sino fuera porque es un cerezo.


Pero al acercarnos y rodearlo vemos que no, que parte del ramaje que se ve sigue perteneciendo al árbol original, una rama estrecha pero frondosa de este centenario y cabezota superviviente que se resiste a claudicar, y que en origen debió de ser espectacular.



En esta otra imagen más reciente (año 2013) se aprecia mejor el tamaño del vástago, sujeto por una estaca para que no caiga.


 
A partir de aquí nos remitimos a nuestra Obra de referencia, "Árboles singulares de Burgos" para saber que su estado actual se debe a que hace unos 15 años un rayo le cayó encima y prácticamente le carbonizó. Al poco, un vendaval le cuajó las ramas que aún le quedaban. El perímetro, aún fácil de constatar, supera los cinco metros lo que le daría una edad cercana a los 800 años, la misma de la imponente torre del monasterio, la única parte que aún resiste intacta del mismo.

Al parecer este árbol, precisamente por su tamaño, fue uno de los pocos indultados de la tala generalizada llevada a cabo con anterioridad a la construcción del fallido proyecto del embalse de Retuerta (mejor era aprovechar la madera para muebles o madera a que se pudriese para el agua). En este sentido, tal vez el indulto se debiese a que un árbol vetusto y hueco tiene poca aplicación como madera.

Un centenar de compañeros corrieron peor suerte. Ya en 1887, Rodrigo Amador de los Ríos recoge las siguientes palabras dentro de su descripción de las ruinas del monasterio:

“animan en natural desorden esparcidos, copudos, corpulentos y frondosos algunos nogales. Bajada la cuesta y abandonado el camino, llega el viajero a la plazoleta plantada de nogales que se extiende a lo largo del derruido templo”.

De hecho, en la portada del libro "Autobiografía del río Arlanza" del año 1967, figura una imagen del monasterio junto al que se ven unos grandes agujeros que probablemente son los que dejaron los nogales recién arrancados.

 

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