martes, 9 de abril de 2013

El pueblo de Santo Domingo de Silos

Aunque sin acercarse ni remotamente al valor del monasterio, al visitante le merecerá la pena darse una vuelta por el pequeño pero coqueto entramado de calles del pueblo de Santo Domingo de Silos; un lugar que desde siempre ha tenido una vinculación con el monasterio, y así sigue sucediendo hoy en día.

En 1135 la villa de Silos recibe su fuero propio otorgado por Alfonso VII, puesta bajo la jurisdicción civil y eclesiástica del abad. A partir de este momento empieza esta singular relación de simbiosis y competencia que hemos visto en otros lugares equivalentes como Oña. Silos en general vivirá una prosperidad mayor que otros pueblos de la comarca, pero a costa de renunciar a buena parte de su independencia.



A partir del siglo XII, con la llegada de peregrinos al sepulcro de Santo, aumenta la población. Algunos autores dicen que llegó a tener 12000 habitantes, cifra que a mí al menos me parece un poco sobrecargada.


Dentro del callejero de Santo Domingo destaca el edificio de La Casa Grande. Fue construida en 1750 por Domingo Setién, un hidalgo procedente de La Montaña, escribano de oficio, que hizo la casa con los beneficios de la miel. Tiene tres plantas y una fachada bien sillada, con portalón de doble pilastra, balcón central y dos grandes ventanales. Y un lema “la vida que siempre muere, que se pierda ¿Qué se pierde?”. La Casa Grande fue posteriormente farmacia muy notable en Silos y comarca. Actualmente es un hotel.


Otra casa solariega fue el solar de la familia Majo Pérez y data de 1624. El fundador luchó en las guerras de Granada y en el siglo XVI vino a vivir a Silos. Sus descendientes fueron tres condesas y por eso se llama al edificio como “casa de las tres condesas”. Hoy acoge el Museo de los Sonidos del mundo, albergando instrumentos musicales de los cinco continentes. Más información en esta web.


Un tercer edificio interesante de Silos es la iglesia de San Pedro, que se encuentra justo enfrente de la iglesia monacal, como en desigual competencia. De hecho las crónicas reflejan los problemas que hubo para levantarla por la oposición de los abades a que existiera en el pueblo una segunda iglesia fuera de su jurisdicción.


En Silos podemos ver los restos de la antigua muralla, originaria del siglo XIII. El más destacado es el arco de San Juan, que se encuentra muy cerca de la entrada de visitas al monasterio. Este arco estuvo a punto de ser derribado en la primera mitad del siglo XX.




Junto al mismo se encuentra un lavadero que se alimenta de la llamativa Fuente Grande; un gran pozo cuadrangular formado con buena piedra de sillería y ocupado por un agua cristalina. Parte del cauce de esta fuente está derivado para los usos del monasterio. Se cuenta que esta fuente no se seca nunca, ni siquiera tras un uso intensivo en días de incendio.



Como ya hemos comentado en alguna ocasión, Silos presume de una antigua y original celebración denominada fiesta de los Jefes. Sería necesario dedicarle una entrada aparte, así que nos limitaremos a decir que se trata de una celebración de contenido y significado harto complejos, que tiene como base un asedio sufrido por Silos en tiempos remotos. El ingenio de un vecino imaginó una estratagema que hizo desistir del cerco enemigo fingiendo un incendio.

Otra festividad muy implantada en Silos es la que tiene lugar a principios de julio en honor de la Virgen del Mercado, y que al parecer se remonta al siglo XIV. Tiene como eje un baile de ocho niños que antiguamente se ejecutaba a la sombra de una gran olma cuyas ramas llegaban hasta el campanario de la iglesia del monasterio. Aquí puedes ver un pequeño reportaje que le dedicamos hace poco.

En 1792, concluida la nueva iglesia del monasterio, los monjes decidieron podar la olma porque estorbaba el paso de la luz por la ventana del ábside. pero la olma era considerada un árbol sagrado por los vecinos. A su pie, el día de la fiesta, descansaba la virgen del mercado en la procesión. Una turba de mujeres tocando las campanas a rebato las campanas consiguió reunir a los hombres para impedir que la olma fuese tocada. Un rayo partió y secó la olma en 1948.

Para saber más:
http://www.santodomingodesilos.es/
http://www.abadiadesilos.es/

viernes, 5 de abril de 2013

Árboles singulares de Santo Domingo de Silos

Como saben los lectores de este blog, uno de los campos que más me interesan es el de los árboles singulares; y evidentemente no podía dejar atrás Silos sin hablar de su famoso ciprés, el “ciprés de los poetas”, el más emblemático de los árboles burgaleses, que pasó a la posteridad a partir del soneto que le dedicó Gerardo Diego.

El ciprés de Silos forma parte consustancial a su claustro. Así lo sienten los monjes, los vecinos y los visitantes. También es uno de los signos de identidad del idioma castellano. El único punto del claustro desde el que se le puede fotografiar completamente ha sido el marco de una imagen que todos tenemos en la retina.


Pero aún es más evocador este árbol si conocemos su historia, que una vez más debemos a César Javier Palacios (nos lo cuenta en su obra “Árboles singulares de la provincia de Burgos”). Como siempre me limito a dar unas pinceladas y recomiendo la lectura del libro.

Según los datos existentes el ciprés fue plantado hacia 1883. Un barón alemán que visitó el monasterio en 1905 ya cita la existencia de un soberbio ciprés. Originalmente existieron tres hermanos, uno en cada esquina. Con el tiempo sólo sobrevivió éste, que es al que le da más la luz.

El famoso soneto de Gerardo Diego fue escrito por el autor en el libro de visitas tras una única noche en la hospedería. Durante mucho tiempo no hubo otra copia.

En los años 50 un arquitecto del ministerio de Cultura que pasó por Silos propuso a los monjes cortar el ciprés porque decía que “restaba perspectiva al claustro y sus raíces podían perjudicarlo”. Hoy todo el mundo agradece a la comunidad benedictina que su rotunda negativa lo salvara de la tala.

La plantación de césped y el exceso de riego a punto estuvieron de acabar con el árbol en 1985, lo que provocó una alarma que tuvo eco en los medios de comunicación. Afortunadamente el problema fue descubierto y atajado a tiempo, y hoy luce tan ufano como siempre. No en vano los monjes le cuidan con esmero subiendo incluso al mismo cuando la acumulación de nieve amenaza con romper alguna de sus ramas o simplemente para retirar las ramas secas. Y es que lo no muchos saben es que en torno a su tronco existe un entramado de cadenas de hierro para reforzar la esbeltez del ejemplar.

Los monjes incluso venden los plantones que nacen a partir de las semillas del árbol, que tienen mucha demanda. Pero el vástago más famoso del árbol es el que en 1997 fue plantado en los jardines del compás del monasterio francés de Solesmes, cuya comunidad restauró el cenobio burgalés más de un siglo antes y, además de salvarlo de una ruina segura, plantó en su claustro románico el hoy famosos árbol.

El acto resultó de una gran solemnidad, pues era como devolverles parte de ese símbolo que sus antepasados habían llevado de Francia a Castilla. Los abades de Solesmes y Silos procedieron a trasplantar un retoño de más de un metro y medio de altura en presencia de varias autoridades de ambos países. El Gobierno de España se comprometió ante el abad de Solesmes a entregarle el simbólico tributo anual de una moneda de plata, como ayuda al mantenimiento del ciprés y en recuerdo de esa jornada de plantación. Junto al árbol se encuentra igualmente una placa conmemorativa en bronce.

Pero el ciprés no es el único árbol destacable del monasterio. No son pocos los turistas que confunden al ciprés con la robusta secuoya gigante que se encuentra junto a la barroca entrada principal del monasterio. Aunque no se acerca con mucho a su fama, tiene también una historia digna de señalar.

 

Según la tradición oral transmitida por los monjes mayores a los jóvenes, la plantita originaria llegó en la década de 1890 desde el lejano Canadá en el interior de una patata, como mejor manera de conservar la humedad en sus raíces. Otra anécdota monacal describe con detalle los esfuerzos del que fuera monje hortelano silense a finales del siglo XIX para evitar que las cabras se comieran el joven brote, incluso llegando a taparla con aulagas.

Ahora es un imponente árbol de más de 30 metros de altura. Recientemente el sacerdote y periodista Joaquín Luis Ortega ha dedicado un sencillo romance a “la secuoya que quisiera ser ciprés”.


Algo más antiguo es un retorcido y un poco pocho tejo conocido como “el tejo del Padre Saracha” que se encuentra cerca de la secuoya. Ya hemos mencionado a este monje como auténtico protagonista de la creación de la botica de Silos en la segunda mitad del siglo XVIII. Tendría por tanto en torno a los 250 años. Saracha era un gran conocedor de las especies botánicas con efectos medicinales, entre las que se encuentran algunas partes del tejo utilizadas en bajas cantidades (ya sabemos que es un árbol altamente tóxico).


Por detrás del abeto se encuentra el plátano, el cual podemos comparar con la secuoya.

Pero en la huerta existen otros grandes ejemplares, prácticamente desconocidos por encontrarse fuera de la zona de visita; en terreno de clausura monástica. Entre ellos figura un enorme plátano que ya existía antes de la exclaustración del monasterio, posiblemente plantado por el citado padre Saracha. El árbol ha sido objeto de periódicas podas que han favorecido el que alcance su tamaño actual (unos 30 metros).

Una amistad me ha conseguido estas dos fotos del plátano desde el interior de la huerta



Junto al abeto encontramos tres grandes árboles, que probablemente se correspondan con los tilos y el arce citados.

Los monjes de Solesmes, convirtieron parte de la huerta en un pequeño jardín. De aquella época nos han llegados dos tilos y un arce de cierta entidad.

Según el libro citado en los alrededores del pueblo existen algunas encinas centenarias; hoy en día difíciles de localizar.

Foto de uno de los arces

Foto del Tilo


jueves, 4 de abril de 2013

Monasterios burgaleses: Santo Domingo de Silos (y II)

Tras dedicar un primer artículo a la historia del monasterio, vamos a dedicar este segundo al patrimonio que aún conserva, en todo caso de forma muy breve.

Hay que empezar sin duda por el claustro, una pieza única. Los mejores capiteles se suceden en las pandas este, norte y buena parte del oeste. El resto del claustro inferior está elaborado probablemente con la participación de diferentes artistas.



El claustro superior tiene mucha menor calidad, hecha con rapidez y sin esfuerzos de creación. No voy a entrar a hablar de los diferentes capiteles y maestros. Aconsejo la visita sosegada, preferiblemente cuando no haya mucha gente, acompañada de las explicaciones del guía.
 

Varias tomas del claustro.


Nos solazaremos con la variedad y calidad de la talla y con la armonía y simbología que provocan los relieves de los ángulos.
 


Varios de los capiteles con temas mitológicos

No debemos pasar por alto sus artesonados, elaborados tras el incendio de 1384, en los que se suceden temas cortesanos y de la vida cotidiana.
 

La visita al claustro se completa con la que realiza a la botica y al pequeño museo (en donde no se pueden hacer fotos). En la botica se puede ver el diverso instrumental antiguo, una colección de vasijas de cerámica de Talavera y una biblioteca de temas de farmacopea.

Ángulos de la Ascención y Pentecostés. Obsérvese la estilización de las figuras y el efecto visual provocado por las ondas.

El pequeño pero valioso museo tiene entre otras, algunas piezas interesantes de orfebrería: un crucificado de marfil, custodias y el conocido como Cáliz de santo Domingo.

Ángulo de la Sepultura y el Descendimiento. Obsérvese el modo de ocupar el espacio y los diferentes planos de la acción.

Como ya hemos indicado, en el Museo de Burgos se conservan algunas piezas como el llamado frontal de Silos y dos arquetas. En el Museo Arqueológico Nacional se conserva un cofre procedente de Silos.

Angulo de las apariciones ante los discípulos de Emaús y ante el Colegio Apostólico. Obsérvese el grado de realismo que adquieren las escenas.

Antigua sala capitular.

Sepulcro del santo, que se sitúa en la vertical de la cripta

miércoles, 3 de abril de 2013

Monasterios burgaleses: Santo Domingo de Silos (I)

El Monasterio de Santo Domingo de Silos, o al menos su claustro, es un lugar harto conocido y sobre el mismo ya se han escrito numerosos libros. No obstante, no por ello vamos a obviarlo en este gran catálogo de lugares burgaleses que poco a poco voy creando. En todo caso, en lugar de entrar en profundidad, a largo de los próximos artículos voy a daros algunas pinceladas generales intentando ofreceros datos algo menos conocidos.

Aunque existen indicios que hacen pensar que existía un monasterio en la zona anterior a la invasión árabe (en algunos textos se hace remontar este monasterio al año 593, bajo fundación de Recaredo), el primer rastro documental es el de una donación al monasterio de Tabladillo, a orillas del Ura (hoy Mataviejas), por parte de Fernán González, en el año 954. Además de concederle una amplia autonomía, en el mismo ya se cita un barrio denominado Silos.

Las razzias de Almanzor supondrán la ruina del monasterio pero la llegada de Santo Domingo (cuyo nombre original era Domingo Manso) a principio del segundo milenio dará una nueva dimensión al cenobio. Durante 30 años, que comienzan en 1041, restaura el monasterio, reúne una numerosa comunidad, administra y amplía el patrimonio, da vida al scriptorium y posiblemente proyecta también el maravilloso claustro románico y la iglesia del mismo estilo hoy perdida. No obstante el mérito de las obras arquitectónicas hay que atribuírselo sobre todo a su sucesor Fortunio.

Los siglos XII y XIII también serán de apogeo del monasterio. Llega controlar a 29 iglesias. Alrededor del monasterio se levantan 15 pueblos de su jurisdicción y señorío, y diseminados por otras comarcas castellanas, otros 30. A su soberanía también están sometidos seis monasterios menores. Es sorprendente la pujanza de este monasterio sin haber tenido un nacimiento a instancia directa de los reyes o gobernantes.
 


Este desarrollo se debe en buena medida a la fama adquirida por el ya canonizado Santo Domingo, a cuyo sepulcro acuden numerosos peregrinos que dejan cuantiosas donaciones, incluyendo las familias reales. Santo Domingo era considerado como protector de los cristianos cautivos, los cuales una vez liberados dejan frecuentemente como exvoto las cadenas que sirvieron para torturarles.

Las murallas proceden de finales del siglo XII. De la época datan el claustro, monasterio e iglesia románicos, de los cuales sólo nos ha llegado el primero. De la antigua iglesia se han numerosos análisis para estimar como era, a partir de la documentación encontrada. El scriptorium también funciona a pleno ritmo; en el siglo XIII se contabilizan más de un centenar de títulos. También destacan las actividades de orfebrería.

Alcanzado este apogeo empezará una lenta decadencia tanto por el descenso de las vocaciones como por el contexto social y político. Se pierden derechos a favor de la nobleza, descienden los ingresos… Además en 1384 el monasterio sufre un asolador incendio y durante siglos los esfuerzos se centrarán en la restauración.

A principios del siglo XVI la abadía pierde buena parte de su autonomía a favor del núcleo benedictino de Valladolid. Para desencanto de los visitantes actuales, el dinero llega para llevar a cabo una reforma integral en la iglesia en el siglo XVIII, que se transforma el gran templo neoclásico que ahora conocemos, a costa de la iglesia románica que es derribada (las crónicas de entonces dicen que se encontraba en muy mal estado). Se trata de una obra sobria y poco llamativa para el visitante actual, realizada por Antonio Machuca siguiendo planos de Ventura Rodríguez.

Al menos en esta época se desarrolla la gran botica que hoy podemos visitar, gracias a los viajes y trabajo del padre Isidoro Saracha. Este monje fue uno de los personajes más importantes en el mundo de la botánica del siglo XVIII, llegando incluso a contribuir a la mejora del Jardín Botánico de Madrid.


Los monjes y el pueblo sufrieron las consecuencias de encontrarse en el centro del área que ocupaba el Cura Merino en su lucha con los franceses durante la Guerra de la Independencia. Cada uno de los bandos asolaría las existencias del monasterio con la excusa de que no fueran usadas por el otro bando. Además era un lugar muy apto para el acuertelamiento de tropas de cierto tamaño.

No obstante, gracias a la habilidad del Abad Domingo de Silos (con el mismo nombre que el fundador), el monasterio consigue salir relativamente bien parado de la horda napoleónica Al parecer el cuerpo del santo, ante la posibilidad de una profanación, fue emparedado en la casa del cura de Moncalvillo de la Sierra entre los años 1808 y 1813.

En todo caso es en estos años cuando se pierde la que probablemente sea la obra escrita más valiosa generada en Silos: Su maravilloso beato trascrito y miniado de 1073 a 1109. De manos del cardenal Aragón pasaron a la biblioteca del colegio salmantino de San Bartolomé, y desde ésta a la real de Madrid, de donde serían escamoteadas por José Bonaparte que en 1840 traspasó su ilegal propiedad al British Museum.

Al padre Domingo de Echevarría le corresponde la inmensa tristeza de tener que asistir a la dispersión de la comunidad, en 1835. Pero con gran habilidad e inteligencia conservó lo más valioso y característico de los haberes intelectuales y artísticos del monasterio hasta su muerte, acaecida en 1875.

Lo consiguió logrando que se le asignara el puesto de párroco de la villa de Silos, trasladando allí lo bienes más preciados y que quedasen así fuera de la contabilidad de la desamortización. Incluso se los llevó consigo al ser trasladado a Segovia en 1857, al nombrársele obispo del lugar. Pero a su muerte se nombró testaferro a un monje benedictino exclaustrado, que no supo comprender la trascendencia y el valor histórico y cultural del tesoro que caía en sus manos. Poco después, movido por el sano deseo de colaborar en la conservación de los edificios monasteriales de Silos, lo sacó a pública subasta.

Los fondos sirvieron para apuntalar la obra del claustro, pero por tan sólo 30000 reales se vendió la ciencia acumulada en Silos durante diez siglos. Los manuscritos y rarezas bibliográficas acabaron así en la Biblioteca Nacional de París, en la Biblioteca Británica o en lugares como Croacia, como es el caso de la llamada Biblia Gótica, así como en otras bibliotecas europeas hoy no localizadas. Entre estas obras estaban las glosas silenses, con sus 368 palabras en castellano, que acabaron en Londres. Sólo para su préstamo para la Expo del 92 la Junta de Castilla y León tuvo que contratar un seguro de 145 millones de pesetas.

De este modo se perdía definitivamente para Silos una herencia cultural milenaria. Al menos se pudieron conservan para las autoridades locales algunas piezas como el frontal de Silos y dos arquetas, que hoy podemos ver en el Museo de Burgos, siendo una de sus piezas más destacadas así como algunas otras que hoy existen en el museo del monasterio. El propio edificio sufriría considerablemente el periodo de abandono, perdiéndose, entre otras joyas, parte del artesonado mudéjar de la bóveda del claustro.

Por su parte la botica de Silos pasó a manos del farmacéutico del pueblo, con sus utensilios, biblioteca y ajuar de cerámica de Talavera. Posteriormente sería recuperada para el monasterio. El gesto hay que apuntárselo a don Juan de Aguirre y Achútegui, que en 1927, ante la coyuntura de la venta de todo el botamen al extranjero, se lo compró al farmacéutico y la regaló y devolvió al monasterio.

Una serie de circunstancias afortunadas impidieron que Silos acabase como el cercano monasterio de San Pedro de Arlanza. En el año 1880 se promulgaba la prohibición de los cultos benedictinos en Francia, y un grupo de monjes de la abadía de Ligugé (dependiente de Solesmes) acabó refugiándose en Silos. Los nuevos colonos trabajan sin descanso para revitalizar la abadía, tanto desde el punto de vista religioso como cultural y arquitectónico. Nunca seremos totalmente conscientes de hasta que punto debemos a este grupo de monjes la conservación del monasterio.

En Silos se formaron algunos estudiosos de prestigio, como Fray Justo Pérez de Úrbel o Luciano Serrano. Desde su llegada los monjes han trabajado hasta donde es posible en recuperar el antiguo archivo de Silos, entre el que se encuentran documentos que se remontan al siglo X. En la actualidad el archivo posee unos 15 manuscritos de entre los siglos X al XIV. Los catálogos antiguos aseguran que entre los siglos XIII y XIV tenía la biblioteca del monasterio más de 200 manuscritos visigodos.

Al respecto quiero señalaros una anécdota muy curiosa acontecida en el pueblo de Carazo. En 1917, unos vecinos conversaban con un monje de la nueva congregación y le comentaron que tenían en el desván algunos libros que estaban deteriorándose. Los examinó el monje y se quedó perplejo. Se trataba del libro original de Gonzalo de Berceo sobre la Vida de Santo Domingo, escrito en román paladino. Otro era una biografía del mismo santo, de Grimaldo y la tercera obra era los milagros romanizados de la liberación de los cautivos por Santo Domingo, de Pedro Marín. Las obras habían sido entregadas en 1835 por los monjes a los antepasados de estos vecinos para su custodia.

Un incendio destruyó en 1970 el museo de Etnografía e Historia Natural, perdiéndose ejemplares muy valiosos conservados durante siglos en el monasterio.

Hoy Silos es importante foco de atracción turística, cultural y espiritual, debido en parte también al canto gregoriano que aún puede escucharse dentro de los muros de su iglesia. Esperemos que siga así por muchos años.

miércoles, 27 de marzo de 2013

Escultura del agua: Desfiladero de la Yecla

Llena el agua de sol busca la sombra.
busca la sombra la oquedad hundida.
En la peña más alta el cuervo anida.
Del fondo sombreado el pez se asombra.



Sombra y agua resbalan por alfombra
de arena, a golpes de aluvión batida.
Frescura y viento gimen por la herida
del peñascal, que el hombre Yecla nombra.

 

Por la angostura del desfiladero
traza en volandas ingeniería mano
puente genial, que salva el precipicio.

 

Y así en la Yecla admira el pasajero
desfiladero, puente y pasamano,
juntos naturaleza y artificio.

Bonifacio Zamora. Temas y Paisajes. 1950.

 

Recorriendo esta comarca entre Lerma y Silos uno no puede dejar de visitar el desfiladero de la Yecla. Desde luego no es un lugar desconocido: su cercanía a Silos, su facilidad de acceso y su originalidad lo hacen un lugar harto visitado; pero no por eso lo voy a dejar fuera de mi "catálogo". Se encuentra a tan sólo un par de kilómetros de Santo Domingo de Silos en dirección a Aranda de Duero.


Se trata de una garganta de unos 1000 metros de longitud, unos 100 de alto y unos pocos de ancho (en varios sitios se tocan ambos lados con las manos).  La Yecla ha sido creado por el arroyo del Helechal en la potente masa caliza de las peñas de Cervera, tras la formación de una galería subterránea que ha acabado colapsando y desgastándose.


Os inserto un vídeo que se encuentra en la página web arlanza.com. Allí califican a la garganta de forma acertada como "el lugar donde nunca llega el sol". Por otro lado, con el color tan raro con el que hace las fotos mi cámara me han quedado estas imágenes como de un paraje de "Mordor".


martes, 26 de marzo de 2013

Árboles singulares: El Moral de Villoviado

Villoviado es un pequeño pueblo perteneciente hoy en día al ayuntamiento de Lerma. Para los que siguen un poco de cerca la historia burgalesa, es sobre todo conocido por ser el lugar de nacimiento del Cura Merino, guerrillero de la guerra de la independencia.

La iglesia y el Moral de Villoviado, con la sierra de Mamblas al fondo

Tendré que preparar algún día una entrada sobre esta interesante figura, pero antes de eso creo que se merece la pena dedicar un artículillo aparte al excepcional moral que se encuentra a la vera de su iglesia. Con cerca de 6 metros de perímetro de tronco, es el más grueso de Castilla y León. Dado su grosor, no parece descabellado pensar que fuera plantado tras la edificación de la iglesia, realizada en el siglo XVI.


Este árbol tiene varias historias, las cuales os recomiendo consultar de forma mucho más extensa en el precioso libro "Arboles Singulares de Burgos", de César Javier Palacios. Señalermos en todo caso que la tradición popular defiende que éste árbol es uno de los que nacieron en Quintanilla de las Dueñas (cerca de Cerezo de Rio Tirón) tras el martirio de San Vitores en época romana; para luego ser trasplantado aquí. También habrá que dedicar un artículo en su momento a San Vitores, pero de momento bastará con señalar que, según su hagiografía, tras ser decapitado de la sangre nacieron unos morales que son a los que nos estamos refiriendo.

El caso es que San Vitores es el patrón de Villoviado. Realmente los patrones de los pueblos de la zona son en varios casos mártires de la época romana, lo cual ha sido interpretado tradicionalmente como un signo de una cristianización temprana. No en vano hemos de recordar que en entradas anteriores he hecho referencia a asentamientos y calzadas romanas cercanas.

Palacios también recoge varias anécdotas relativas a las propiedades curativas y nutritivas de frutos y ramas de este árbol, tal vez derivadas de su pretendido origen. El caso es que, ya sea por esto o por su ubicación junto a la iglesia, el árbol ha sido respetado y cuidado a lo largo de los siglos.






Como me pillaba muy cerca decidí acercarme a ver otro moral que se encuentra en el vecino pueblo de Rabé de los Escuderos. El caso es que en realidad no se trata de la misma especie: mientras que el de Villoviado y la mayoría de los que aparecen en esta página son morales negros (morus nigra), apreciados por su fruta; el de Rabé es un moral blanco (morus alba), que es el que utilizan los gusanos para la elaboración de seda.

Además este segundo árbol es mucho más joven. Según Palacios fue plantado a mediados del siglo pasado. Si esto es cierto al moral le van bien las cosas pues ya ha alcanzado un grosor en el tronco cercano a los 3 metros de perímetro.


miércoles, 20 de marzo de 2013

Ruta de Senderismo: Sendero de las Grandes Encinas

Recorremos un encinar de transición entre las peñas de Cervera y las planicies del Arlanza medio, en lo que en realidad es el último rastro hacia occidente del Sistema Ibérico. Conserva restos de la configuración adehesada del pasado y los ecos de un poblamiento prerromano.

Dificultad: fácil
Orientación (sin GPS con cartografía o track): Media
Belleza: Normal
Tiempo y distancia: 2 horas y media (10 kilómetros)