jueves, 10 de febrero de 2011

Nace Tierras de Castilla y León

Visto que las entradas de Exilio en Cantabria se van a retrasar hasta bien entrada la primavera y que en todo caso serán cada vez más esporádicas, hace tiempo que le estaba dando vueltas a dar salida a unas cuantas fotos que tengo de lugares de Castilla y León y provincias limítrofes (excepción hecha obviamente de Burgos y Cantabria).

Así que al fin me he decidido y se pone en marcha TIERRAS DE CASTILLA Y LEÓN, un blog que en su enfoque se parecerá más a Exilio en Cantabria (fotos y comentario al respecto), si bien entrando en temas algo más en profundidad, en la medida en que mi apego por lo mostrado es mayor.

La extensión y duración del blog en principio vendrá determinada por lo que me duren las fotos hechas en el pasado, puesto que últimamente y al menos para el futuro próximo prefiero centrarme en el lugar donde actualmente trabajo (Cantabria) y sobre todo en los centenares de lugares que aún me quedan por ver y glosar en Burgos.

Espero, en todo caso, que os guste.

lunes, 7 de febrero de 2011

2011: Año Internacional de los Bosques





La ONU ha declarado este 2011 como Año Internacional de los Bosques. Desde "Tierras de Burgos" me uno a la iniciativa con un poco de retraso, aunque bien es cierto que, a menudo, a través de las rutas de senderismo, los rincones naturales o los árboles singulares, nos hacemos eco aquí de nuestros pequeños y humildes, pero no por ellos menos fantásticos bosques.

viernes, 4 de febrero de 2011

Repaso anual a la despoblación

Acabada la prolongada serie dedicada al monasterio de Oña (con un poco de adelanto pues queda más de una semana para el día "D"), retomamos la tónica mas relajada de las entradas del blog con esta que tal vez pretende ser un fijo por esta fechas.

Nos referimos al repaso de la situación de la despoblación en los pequeños pueblos de Burgos, tomando como base la renovación de los datos de empadronamiento que se hace cada año por estas fechas en la web del INE, referidos a 1 de enero de 2010.

El primer dato que buscamos es el de núcleos que aparecen con cero habitantes, que tras intentar filtrar aquellos que realmente son barrios o granjas queda en 30, los mismos que el pasado año (ya comentamos que en realidad hay unos cuantos más que ya no aparecen siquiera en el censo). La única variación consiste en que Llano de Mena aparece ahora con un habitante y Ael, en Cuesta-Urria, pierde el que tenía.

Tal vez sea más representativo el dato de localidades que no superan los 10 habitantes, que serían aquellos con probabilidad de no tener población "real" y en todo caso con alto riesgo de desaparecer. Siguiendo mis criterios de limpieza de aquellos que no pueden considerarse "pueblos", llegamos a la triste cifra de 265 pueblos o núcleos en esta situación. (el pasado año eran 260).
En el lado positivo tenemos a Espinosilla de San Bartolomé, que ha pasado de 1 a 4 (aunque creo que ahora es una granja o coto privado), San Martín del Rojo, que ha pasado de 5 a 9 (aunque puede que en parte sea por parecidas razones), Huéspeda, que pasa de 7 a 12, Villalibado, que pasa de 8 a 12 y Robredo Sobresierra, que pasa de 9 a 13, además de otros incrementos más humildes.

Por el contrario, son más numerosos los ejemplos negativos: Recuenco (de 4 a 2), Ajarte, Nela, Villalambrús y Bortedo (de 5 a 3), Villalbilla-Sobresierra (de 9 a 4), Valpuesta (de 9 a 6), Villamor (de 11 a 6), Arnedo (de 11 a 7), Villamorico (de 12 a 7), Torrepadierne (de 14 a 8)...

En realidad en el Diario de Burgos suelen hacer un ejercicio parecido todos los años, con la profundidad que les permiten sus medios. El 9 de enero aparecieron tres noticias sobre la temática:
(repito que las diferencias cuantitativas vienen de ponerse a considerar o no si todos los que aparecen como núcleos en el INE son pueblos o no).

Ojo porque a veces hay quien se intenta aprovechar de la escasa población de algunos lugares para empadronarse con intereses no del todo claros.
 

jueves, 3 de febrero de 2011

Mil años en la historia burgalesa a través de una abadía ( y XIII): Una última anécdota y conclusión

 Queremos terminar esta serie de artículos con una última historia relacionada con el monasterio, y que nos muestra bien a las claras como su pasado guarda tesoros mucho mayores de los que ahora pueden ver nuestros ojos.


En uno de los ángulos del claustro observamos un espacio cuadrangular ahora vacío que no parece tener ninguna función. Pero con un poco de investigación sabremos que en su momento albergó una preciosa fuente obra probable, al igual que el resto del claustro, de Simón de Colonia, y realizada de una sola pieza.



Así la describía Barreda a finales del siglo XVIII:

“fórmase un brazo de columna grueso como de cuatro pies de alto en figura piramidal; y sobre ella asienta un grande chafariz de una sola piedra, que fue traída tres leguas por un camino de los más ásperos y peligrosos de Castilla [vino por el monte desde Condado de Valdivielso]. Tiene esta hermosa pieza de circunferencia treinta y un palmos y de altura tres. ¿Qué tendría cuando se cortó de la cantera? En medio se levanta la taza, que es también de una sola piedra, sobre la misma columna en disminución. Esta despide al chafariz en doce caños de bronce tan abundante y copiosísima agua que causa delicia suma su despeño. En esta taza remata la columna en forma de piña, cuya maza eleva a proporción. Tiene su circunferencia ocho caños, por donde empieza a salir y despeñarse el agua.

La taza tiene la siguiente inscripción:
"me hizo Simón de Colonia, el año del señor de 1508. Traída de Condado por mandato del abad Alonso de Madrid”.
En el borde y el labio del chafariz se leen estos versos:
 “Cuando estaba en los montes era piedra árida y seca. Ahora soy piedra fecunda, superior a todas en el arte. El que tenga sed, venga aquí, pues soy fuente buena para el sediento. Créeme: ningún agua apagará la sed mejor que esta”.
Y, a la parte de afuera
“Tú que esto lees, cree de donde me trajeron con tanto trabajo para fabricar todo el severo claustro””

Pero es que, además, conservamos una imagen de dicha fuente, que aparece precisamente en el artículo del Semanario Pintoresco Español de 1840, al que ya hicimos referencia con anterioridad. 


Lamentablemente al poco la fuente desapareció, y nunca se supo más de la misma.

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Esto es, amigos, lo que nos ofrece el monasterio de Oña. Sus quizá ahora anodinos muros no deben cegarnos sobre lo que realmente estamos contemplando. Un tesoro material e inmaterial aún valioso que guarda buena parte de la esencia de lo que fuimos y de lo que aún somos y que deberíamos empeñarnos en conservar y promocionar. Si nosotros no lo hacemos nadie lo hará por nosotros.

miércoles, 2 de febrero de 2011

Mil años en la historia burgalesa a través de una abadía (XII)

Desde la iglesia accedemos a la Sacristía, de considerables dimensiones aunque carente de gran valor artístico. Tanto la cajonería como los retablos son del siglo XVIII. Junto a diversos objetos litúrgicos y porta-reliquias (al parecer el monasterio tuvo durante en tiempo un trozo del lignum crucis, traído de monasterio dependiente de Santo Toribio de Liébana), lo más valioso del lugar son los dos elementos que ocupan el espacio central.
 


Por una parte tenemos el sepulcro del obispo López de Mendoza, formado en el monasterio y auxiliar del abad Pedro González Manso. El sepulcro, un maravilloso trabajo en alabastro en donde quedan reflejados hasta los más nimios detalles, estaba anteriormente en la propia iglesia, en una humilde hornacina. El sepulcro aparece acompañado de una indicación de la fecha de su construcción, 1569.


Por otro lado encontramos una urna con la capa mortuoria que envolvía el cuerpo del conde Don Sancho, obra califal hacia 970, encontrada hace apenas unas décadas. En la tela se puede ver el retrato del primer califa omeya oriental, Muawiya. En esta aljuba está escrito el principio del Corán, formando parte de una cenefa. Se sugiere que el traje fue conseguido por Fernán González, abuelo de Sancho, en combate con los musulmanes, aunque no puede descartarse que se trate de un encargo a un taller andalusí (llama la atención la figura repetida de un ave sobre un caballo, lo que podría ser una referencia a la leyenda sobre la independencia del condado de Castilla). 
 

 
Tras atravesar una estrecha sala que ejerció como primitiva sacristía pasamos a una capilla desprovista de ornamentación que fue la antigua sala capitular. Desperdigados por la misma aparecen diversos restos entre los que destacan el frontal románico del antiguo refectorio y unas aras romanas en las que aparece el nombre de VUROVIO, deidad prerromana que parece dar origen al nombre de la Bureba. Destaca también el casquete esférico de la bóveda.
 

 
A través de la sala capitular se accede al claustro, construido a partir del siglo XVI tras demoler el anterior románico (que pena). El arquitecto parece ser Simón de Colonia, que por entonces trabajaba en Burgos. Está planeado para ser similar al de la Catedral, imitando sobre todo la distribución de los grupos angulares, que representan la anunciación, el nacimiento, la Adoración de los Magos y la Presentación del niño en el templo.

Destaca este claustro por la amplitud de los ventanales, la esbeltez de los ajimeces y la complicada tracería, aunque tal vez ofrece una impresión un tanto monótona y poco centrada en el detalle, que queda para la escultura funeraria. Originalmente el claustro terminaba en una balaustrada calada sembrada de gárgolas, que fue derribada al construir el claustro alto, pero sí se conservan los bellos pináculos.


Además del trabajo de los distintos arcos y ángulos, contribuye a realzar la belleza del claustro la serie de hornacinas gótico-flamígeras que ocupan el ala norte, y que acogen los enterramientos de Condes de la Bureba de los siglos XI y XII (por ello a este claustro se le conoce también como Claustro de los Caballeros) y la interesante puerta renacentista que conectaba con el primitivo crucero de la iglesia, conocida como puerta de las procesiones. Este último lugar, utilizado en el pasado para estos fines, se halla obstruida por el altar del Rosario. Es la mejor portada gótica del monasterio. Decorada con un festón lobulado y varias guirnaldas de decoración variada y fantástica, la puerta propiamente dicha recuerda en su decoración de las sillas del coro.
 

 
En cuanto a los sepulcros de los condes de la Bureba, cabe decir que muchos de ellos contribuyeron en los hechos de la reconquista, estando enterrados en este claustro los primeros y principales de la saga. Podemos destacar el caso de Gonzalo Salvadores, conocido como cuatro manos por su fortaleza. Las crónicas castellanas hablan de una traición que el rey moro de Zaragoza trató de fraguar contra Alfonso VI. El alcalde de Rueda, cerca de Zaragoza, junto al rió Jalón, simuló una rebelión contra el rey moro y llamó en su apoyo al rey castellano. No obstante el rey no se fió y envió a representantes, incluidos Gonzalo y Nuño Salvadores, quedando él a la espera en el campamento cristiano. Intentó el rey moro convencer al rey que viniese en persona y al no conseguirlo apedrearon a los delegados desde las almenas. La fecha pudo ser hacia 1083.

Su hijo, Don Gómez, también está enterrado en este claustro. Fue paje de lanza del rey Fernando I. Se distinguió por su valentía en la batalla de Salatrices, en 1106, en que fue derrotado Alfonso VI. Salvó al rey herido en una pierna, junto con su primo Pedro González de Lara, peleando contra los moros durante 24 horas seguidas hasta poder refugiarse en Coria. También intervino en la batalla de los Siete Condes, cerca de Uclés, y poco después entro en Córboba y Sevilla. Parece que tuvo relaciones amorosas con la viuda la reina doña Urraca, y pretendió casarse con ella cuando quedó viuda, lo mismo que su primo antes citado. Casó la viuda no obstante con el rey Alfonso I el Batallador de Aragón, con quien al poco se enemistó regresando a Castilla. Vino con su ejército el aragonés a Castilla a reclamar sus derechos de rey consorte, haciéndole frente los dos primos. Pero Pedro huyó dejando a Gomez solo ante el combate, siendo derrotado y muerto en la batalla que se desarrolló cerca de Sepúlveda. Esta batalla tuvo lugar en 1110 o 1117.
 
Entre la saga de los Salvadores, orígenes de familias posteriores como los Rojas, los Lara o los Sarmiento, encontramos dos enterramientos que, de acuerdo con los epitafios, corresponden al camarero y al mayordomo del conde fundador del monasterio, y un mausoleo renacentista que rompe con la estética del resto de enterramientos, y que acoge los restos del que fuera obispo de Guadix, Osma, Badajoz y Tuy: Pedro González Manso. Es probable que esté fabricado por la misma mano que la de su obispo auxiliar López de Mendoza, que ya visitamos en la sacristía, aunque los soldados acuartelados durante la guerra carlista lo desfiguraron en buena medida.. Nació o al menos se crió en Oña y fue gran devoto de San Iñigo y bienhechor de este monasterio. La reja que se encuentra en su parte interior le separaba en la antigüedad directamente de la iglesia, y es uno de los pocos ejemplos de rejas románicas que se pueden encontrar en Castilla. Murió en 1538 o 1539.
 

 
 
Los epitafios que figuran en los enterramientos de estos señores, junto con los de condes y reyes en la iglesia, nos dan pistas sobre el nivel literario de los monjes; que al parecer extraían y adaptaban estas citas de los libros existentes en la biblioteca, algunos de ellos clásicos latinos. He aquí, por ejemplo, el de Gonzalo Salvadores:
No está aquí el engañoso y soberbio Ulises, sino los dos Escipiones, dos rayos de la guerra, los hermanos Gonzalo Cuatromanos y Nuño, que están en las moradas del cielo, a quienes mató la diestra del moro”.

martes, 1 de febrero de 2011

Mil años en la historia burgalesa a través de una abadía (XI)

Voy a dedicar estas últimas entradas a describir someramente los contenidos artísticos del templo que me parecen más destacados, completando lo comentado en anteriores entradas.

Lo primero que nos encontramos en nuestra visita es un antepecho guerrero, que data de la época de la fortificación del monasterio, no tiene gran valor artístico y en realidad perjudica el efecto visual de la fachada románica. Las figuras que asoman son parte de los benefactores y personajes enterrados en el monasterio.


A continuación nos encontramos con la fachada, que subsiste en lo fundamental de la escuela románica. Pasamos al nartex o vestíbulo, aún del periodo románico, con restos de policromía. Una bella puerta mudéjar nos da paso a un segundo vestíbulo, con una bóveda de crucería.


De los retablos de la iglesia la mayoría son barrocos o churriguerescos, de los cuales no hablaremos. En un altar neoclásico, encima de la cornisa y en un hueco se encuentran los restos de santa Tigridia, como lo dice un letrero: “Aquí están los cuerpos de santa Tigridia y san Ato, con otras muchas reliquias. Año 1664”. A sus pies se encuentra un valioso crucifijo del siglo XI o XII. Es de bronce, lleva la corona real en vez de la de espinas. Es tradición que fue regalo del conde don Sancho a su hija Tigridia.

Varios de los altares están protegidos por rejas de bronce, que datan del siglo XVI. Se cuenta que las fabricó un herrero de Penches con las 500 cadenas que antaño colgaban junto al altar de San Iñigo, como exvotos de los galeotes y esclavos cristianos liberados de tierras de berbería.

La imagen más venerada del monasterio es un Santo Cristo en un altar que lleva su nombre, que data del siglo XII o XIII, ocupando el espacio de la antigua capilla del Cristo. 
 

 
 En la capilla del Rosario se halla el retablo más valioso que actualmente queda en el del monasterio, gótico del siglo XV. Se reduce a tres hornacinas cuyos doseles calados son de una exquisita finura. Le dan prestancia y esbeltez unas torrecillas labradas con primor, todo dorado sobre fondo azul. La ubicación no es la más idónea. Durante la última guerra carlista algunos soldados liberales aserraron varias torres y pináculos. Es obra probable de Simón de Colonia. Las imágenes de las hornacinas son posteriores.



También podemos destacar unas pinturas murales del siglo XIV descubiertas hace unas décadas, que representan la vida de Santa María Egipciaca y, por sus grandes dimensiones,el órgano barrroco del año 1.786, y con más de 1.100 tubos, construido por el riojano Francisco Antonio de San Juan y recientemente restaurado.

El crucero moderno es un cuadrilátero de casi 18 metros de lado, que hace las veces de mausoleo, crucero y coro. El caparazón estrellado de la cumbre es magnífico y destaca por su altura y espacio. La sillería del coro es de nogal rojo, con más de 80 sillas. El motivo es la combinación hasta la extenuación de arcos ojivales y flamígeros. Es obra de Fray Juan Manso de hacia 1479.
 



 

Lo más original y casi único es el mausoleo labrado en madera de nogal. Lo forman dos templetes gemelos como dos monumentales relicarios culminados de pináculos y torrecillas. El artesonado forma una superficie dividida en varios polígonos, de los que cuelgan grandes piñas. Es probablemente del mismo autor que la sillería y pertenece al mismo periodo. Tapizan los muros de estos panteones seis sargas o lienzos de la escuela vieja castellana, que representan los pasos más importantes de la pasión y resurrección de Jesucristo.
 

Un retablo churrigueresco dorado cubre el presbiterio, dando paso al ábside del siglo XVIII. El tabernáculo del mismo alberga la urna con los restos de San Iñigo. Esta arca estaba protegida por unas rejas de plata que desaparecieron en la guerra de la independencia. 
 

 
Respecto a los sepulcros, diremos han sido profanados durante las guerras del siglo XIX, además de que el tiempo ha hecho su labor. Por ejemplo en los sarcófagos de Sancho II y Sancho el Mayor queda poco más que polvo; en el del infante García, hijo del emperador Alfonso VII, existe una mezcla de diversos cuerpos. El más completo parece ser el de doña Urraca.
 
 

El primer panteón o Panteón Real, en el lado del Evangelio, a la izquierda, está ocupado por estos cuatro sepulcros:

- Sancho II, el de Zamora. La inscripción que se encontró en el sepulcro dice así: “Sancho, Paris por la belleza, Héctor fiero en las armas es quien se encierra en esta tumba, hecho polvo y sombra. Una mujer de corazón duro – su propia hermana – le quitó la vida. Ni despojado de su derecho y muerto lloró a su hermano. Este rey fue muerto a traición por consejo de su hermana Urraca junto a la ciudad de Numancia por mano de Bellido Dolfos, gran traidor. En la era MCX en las nonas de octubre me arrebató el curso del tiempo”. Este texto hace referencia a la tradición del cerco de Zamora, feudo de Urraca, por parte de Sancho. En aquel entonces se pensaba que la antigua Numancia se correspondía con Zamora.

- Sancho el Mayor.
- Doña Mayor. Hija mayor del conde don Sancho, y esposa de Sancho el Mayor. Muerto su marido en 1035, parece que retiró al monasterio de San Martín de Frómista, fundado por ella misma. Sobrevivió 31 años a su marido, muriendo octogenaria.

- Infante don García. Hijo del emperador Alfonso VII y de doña Berenguela. Murió niño.


Segundo panteón o Panteón Condal, en el lado de la epístola (derecha):

- Conde Sancho García. Fundador del monasterio. El epitafio de su sepulcro de piedra decía así: “este es el conde don Sancho, el que dio buenos fueros a los pueblos. La santa ley fue su compañera y el bienestar del reino su mayor cuidado, destruyó a los moros y desde entonces brilló Casilla. El construyó estos lugares y de aquí sacó la norma de su vida. Esforzado varón, fue al fin vencido por el peso de la muerte y, trasponiendo este mundo, se encaminó hacia cristo”.

- Doña Urraca. Esposa del conde don Sancho. Pudiera ser del linaje de los Salvadores, condes de la Bureba, lo que explicaría la vinculación de estos condes con el monasterio y el enterramiento de los primeros de sus representantes en el claustro (lo veremos en un próximo post).

- Conde don García. Asesinado en León en vísperas de su matrimonio.

- Infantes don Alfonso y don Enrique, hijos de Sancho IV, último gran benefactor del monasterio. Nacieron en torno a 1290.