lunes, 21 de junio de 2010

Libros: Museo de Niebla

Terminamos por el momento con esta serie de reseñas de libros con una referencia al Libro "Museo de Niebla" de Gonzalo Santonja.
 
En realidad el texto es una reedición más actualizada, y con un título más evocador, de Lo que se llevaron de esta Tierra, que salió a la luz diez años antes, si bien se incorporan algunos interesantes artículos.
 
Poco más que comentar de momento; sólo leer...y llorar.
 

viernes, 18 de junio de 2010

Otros pueblos del Silencio: Turzo (y II), abandono y esperanza

Retomamos la anterior entrada de manos de Eduardo Tarrero, a través de las páginas de su libro "Turzo, un lugar de la España resignada".

"...Por aquella época (años 60) ya sólo quedaban algunos viejos aclimatados a la fatalidad y a la costumbre y así transcurrieron algunos años. Es verdad que nunca habían existido grandes perspectivas en aquellas tierras pero en la medida en que las ambiciones no fueran excesivas podía uno sobrevivir con cierta lozanía. Ahora ya no.

Los organismo oficiales rescataron a los ancianos de sus míseras viviendas y los proporcionó acomodo en el asilo donde, según decían, no pasaban frío ni tenían que madrugar para acopiar los escasos alimentos con que aferrarse a la sobria subsistencia.

Muchas casas quedaron completamente vacías. Al ser abandonadas, ni siquiera lloraron sobre ellas sus moradores pues no debían considerarlas hogares sino refugios en los que guarecerse medianamente de las inclemencias del tiempo; algo menos, de las dificultades que la vida les deparara. No eran cobijos en los que vivir sino altares en los que inmolarse día tras día. Dieron una vuelta de llave a los enormes cerrojos, no por ello invulnerables, y las dejaron expuestas a la ruina de la acción erosionante del tiempo y del abandono.

 
Isaac Merino se resistió a acudir al asilo pese a que lo hicieron todos sus coetáneos y eso que su casa era una de las más húmedas del pueblo. Vivía sólo junto a su mujer Mercedes. No habían tenido ni hijos ni familiares conocidos accesibles. En realidad Mercedes se hubiese ido, pero ni se atrevía a decírselo a Isaac.
 
A lo mejor estaba renunciando a la última oportunidad de descanso que le brindaba la solidaridad de la sociedad con la que apenas había tenido ningún contacto. Pero su natural sagacidad o desconfianza le permitían vislumbrar nostalgias y pesadumbres en los compañeros que ya se habían ido y que aprovechaban cualquier circunstancia para regresar a su vieja casa aunque fuera nada más que para pasar el fin de semana lejos de los muros asfixiantes del asilo.
 
Le contaban la suerte de comodidades de que disfrutaban, como la calefacción, la luz eléctrica, la comida relativamente bien condimentada, la sala de juegos y la televisión de las noches, aunque sus ojos ya cansados apenas les permitían percibirla. Isaac les preguntaba por el horizonte, por la tranquilidad de espíritu que allí se disfrutaba. Les preguntaba también si se les hacía largo el día sin hacer nada y si podían dormir después de una jornada de holganza.

Los ancianos fueron cayendo poco a poco. Cada vez subían menos. Menos viejos y menos viajes. Los que quedaban iban dando el parte de bajas. Hasta que no quedó ninguno. A Isaac se le desgarraba el corazón cada vez que le añadían una nueva y definitiva deserción a su memoria. El los consideraba más víctimas de la soledad y de la tristeza que de la respetable edad que ya a todos iba abatiendo. En su fuero interno les recriminaba su evasión pero sin duda los echaba de menos. Se fue volviendo cada vez más taciturno y melancólico.

Un malhadado día una tormenta y las aguas desbordadas de la torca de junto a su trozo de era se llevó la mayor parte del trigo que había amontonado. Tratando de contenerlo parece que mentó algún juramento de impotencia. Pero cuando vio que no podía evitar el desastre cogió el resto, lo colocó sobre el trillo y lo deslizó como una barcaza trágica hacia la corriente para que se lo terminara de llevar.

Cuando se los llevaron a los dos al asilo, ya no se resistieron pero a los pocos días Isaac se escapó. No se sabe como, pero lo cierto es que apareció en su casa, a 63 kilómetros del asilo. Y allí acudieron a buscarlo las autoridades competentes. Dada su rebeldía le vigilaban estrechamente y le ataban a una silla en cuanto lo consideraban en riesgo de repetir su indisciplina. Murió de pena, a los pocos día de haber estrenado su nueva vida, la panacea de los egoístas y de los despegados de sus propias raíces..."

 
Pero no son estas las últimas palabras del libro, a Turzo aún le esperaba un nuevo amanecer inesperado. Por estos años de esperanza y utopía desembarcaron en estos pueblos un puñado de jóvenes dispuestos a demostrar que era posible un nueva nueva de vida; fueron llamados, por su original modo de pensar y vivir y de una manera un tanto despectiva "jipis". Muchos se fueron pero algunos se quedaron y siguen viviendo en estos lares 30 años después.
 
Y uno de ellos fue Miguel y su pareja Cristina. Son ellos los que crearon la empresa Turzo Velas, de venta de velas artísticas y en la que incluso tienen contratados varios trabajadores (en la foto de inicio, la tienda).
Pero Miguel también tiene un proyecto tal vez aún más bello, plantar árboles, en las cercanías del pueblo, junto al esqueleto de la olma, ya crecen centenares, tal vez miles, de arbolitos fruto de la ilusión de Miguel.



¿Y que espera para el futuro? La crónica de Turzo, como la de muchos de nuestros pueblos, aún tiene muchas páginas en blanco pendientes de escribir.

miércoles, 16 de junio de 2010

Otros pueblos del Silencio: Turzo (I)

Os presento hoy el ejemplo de un pueblo que estuvo deshabitado durante un tiempo, pero en el que ahora actualmente palpita una esperanzadora vida.
Por suerte en el caso de Turzo tenemos una excelente fuente documental de primera mano, no sólo aquella referida a documentos jurídicos, censos o grandes personajes, sino una crónica del día a día, la que nos narra Eduardo Tarrero en su libro "Turzo: un lugar de la España resginada".
 
A lo largo de sus páginas podemos conocer el modo de vida, siempre asociado a un trabajo extenuante, que tuvieron sus habitantes a lo largo de los siglos. Os remito a su lectura en detalle, aquí sólo resaltaré algunos hechos que me parecen especialmente interesantes y a mostraros algunas fotos de su bien conservado caserío.
Posiblemente la casa comunal.

La sorprendente portada de la Iglesia de San Martín de Tours, de estilo tardorománico.
Y algunas calles y casas.




El libro nos descubre el hecho de que antiguamente los terrenos que rodean al pueblo no sólo estuvieron salpicados de enebros (ya nos referíamos a ellos hace unos días), sino también de robles y hayas. Las crónicas de finales del siglo XVI hablan de una gigantesca y casi legendaria Haya de las cuatro piernas. Y también de olmos, en 1752 había contabilizados en Turzo 639 pies adultos, el último de los cuales fue la querida Olma de la Iglesia.
 
 
Nos cuenta Tarrero que en 1875, sólo la poda de la olma rindió 30 reales. Murió a finales de los 80, y cayó hace tan sólo un par de años, pronto será solo un recuerdo. En todo caso, como él mismo cuenta:
 
“dicen que un árbol aguanta 300 años: cien para crecer, cien para vivir lozano y cien para morir. En realidad ¿Qué día muere un árbol?¿que día muere un amor? Tal vez no mueran nunca. Alrededor que aquella olma he podido ver a veces, no sé si sólo imaginar, los fantasmas en espíritu risueño de mozas y mozos jugando al corro, depositando bajo el frescor de sus ramas manojos de ilusiones. Y de afanes. También el de algunos pájaros añorando aquellos sus nidos que construyeron durante tantas primaveras entre sus ramas. Aún se aprecia, si se observa detenidamente, el molde al vacío que produjo en el aire su antigua exhuberancia. ¡La olma de la iglesia!.”
 
Al referirnos a Turzo no podemos olvidar el hecho que ocurrió tal día como hoy, 16 de Junio, de 1938. Los habitantes de Turzo celebraban su habitual romería a la ermita de la Virgen de Ebro, con un sentimiento especial pues se quería implorar por la finalización de la desoladora guerra civil. Para ello debían de bajar hasta Quintanilla Escalada y desde allí recorrer los cinco kilómetros que les separaban de la ermita.
 
Los mas osados ganaban tiempo tomando una balsa con la que atravesaban el canal subterráneo que lleva el agua a la Central Hidroeléctrica del Porvenir (ver esta entrada), fue precisamente aquí donde perecieron ahogados 9 jóvenes, el cura y el alcalde de Quintanilla que intentó socorrerlos.
(continuará)

jueves, 10 de junio de 2010

Árboles singulares: El Enebro

Hace no mucho tiempo dedicábamos una entrada a su robusto ejemplar de su primo, el enebro de la miera, pero hoy quiero dedicar unas líneas a este humilde árbol, tal vez el más humilde de nuestra geografía compitiendo quizá, con la encina carrasca.

Y es que rara vez veremos un enebro de más de cuatro metros de alto y rara vez nos llamará la atención su tronco y, sin embargo, es el primero que aparece en tierras con un mínimo de humedad, aunque el suelo sea en ladera, pobre y calizo, un mensaje de que la naturaleza puede rebrotar a poco que se le de una oportunidad.

El enebro de la imagen se encuentra en las ladera que desde Turzo bajan al valle del Ebro, y precisamente voy a dejaros con unas líneas dedicadas a estos enebros, escritas en el precioso libro. Turzo, un lugar de la España Resignada, al que nos referiremos muy pronto.
"...En el resto de las laderas y de las tierras erias van surgiendo esbeltos y hermosos los enebros. Los enebros constituyen un milagro de la naturaleza. Son fuertes y bellos. Su madera, más resistente que el hierro a la humedad y al calor, es muy apreciada para los usos a la intemperie.

Surgen en los montes o páramos como por generación espontánea y cuando mueren unos nacen otros. O esa percepción tiene el nativo que siempre vio el paisaje plagado de aquellos ejemplares. En sus tiempos los campesinos los cortaban para hacer vallas o cercas.

Pero si uno piensa que para el desarrollo de un enebro de esos de dos o tres metros deben pasar decenas de años, a veces siglos, se le pone la carne de gallina cuando llega un intruso y lo interrumpe como si de una alimaña o de un estorbo se tratara.

Hoy todos somos más sensibles a esa circunstancia cuando sabemos, como hay que saber, que los enebros no se pueden replantar. Hay que esperar a que un pájaro ingiera una de las bayas que como fruto produce el arbusto. La digiera en su estómago y la deposite luego mezclada con sus excrementos en terreno fértil para que fructifique y surja el nuevo retoño.

Nada de generación espontánea. Para que un enebro pueda nacer hay que ver millones de semillas perdidas o diseminadas por el viento. Y eso después de haber pasado por el estómago del pájaro porque nunca prenden sin ese requisito. Después, cincelados por el viento, se convierten en esculturas majestuosas que podrían ser firmadas por el más exquisito artista..."

miércoles, 9 de junio de 2010

Libros: Pedro, el dulzainero de El Almiñé

No nos vamos de Valdivielso sin dedicar una pequeña entrada a un personaje muy querido, no solo en el valle sino en mucho otros lugares de la provincia. Se trata de Pedro Barcina, el dulzainero del Almiñé.
Durante su trasiego de más de 50 años por los pueblos de los alrededores de su El Almiñé natal, Pedro contribuyó a la alegría de numerosas fiestas, en una vida humilde, sencilla y enternecedora plagada de numerosas anécdotas.
Y esta vida la que se narra en primera persona en el libro "Pedro, el dulzainero del Almiñé", editado en 2008. Tal vez el libro carezca de gran valor literario, pero ello se ve compensado con el valor etnográfico.
Pedro fallecía al poco de publicarse el libro. En este link de radio Valdivieso podéis ver alguna información sobre este hijo del lugar.  De hecho las instalaciones de Radio Valdivielso han tomado el nombre de este ilustre vecino.

martes, 8 de junio de 2010

El día del apedreo


Ya hacíamos referencia hace tiempo a algunas de las expresiones de este valle de Valdivielso tan rico en su pasado en patrimonio etnográfico.
Otra de estas expresiones, recogida igualmente en el libro "Patrimonio Etnográfico del Valle de Valdivielso" es la del día del Apedreo, que corresponde precisamente al día de hoy, 8 de Junio.
Al parecer tal día como hoy hace muchos años cayó tal granizada que quedó grabada en el subconsciente colectivo; tanto que incluso parte de sus principales romerías, como las de Nuestra Señora de la Hoz, la de la Virgen de Pilas o la de San Jorge, se celebraban precisamente en esta fecha, aplicándose a modo de rogativa para intentar evitar que se repitiera el desastre.
Hoy en día todas estas fiesta han sido trasladadas de fecha.

jueves, 3 de junio de 2010

Regreso a los pueblos del silencio: Mazariegos

Pues sí, esos cuatro muros que quedan junto al alto al que le da nombre, y junto a las que pasamos a toda velocidad camino de Soria, fueron una vez un pueblo, hoy apenas una reseña en el paisaje.

Los restos se levantan prácticamente bajo la mole de la sierra de Mamblas.


De lo que queda podemos deducir que estábamos ante edificios relativamente grandes y de no muy buena calidad. Un pequeño repaso a la intrahistoria de este núcleo nos va a dar las explicaciones.

El núcleo perteneció desde siempre a la potente abadía de San Pedro de Arlanza. La sombra del gran cenobio permitió la construcción de una iglesia de volumen considerable, de la que hoy apenas quedan los cuatro muros que nos dan una idea de su antiguo esplendor.


Afortunadamente, parte de los tesoros del templo no se perdieron del todo, la antigua portada es ahora el cierre del atrio de la iglesia de Salas de los Infantes.


Y la excelente pila bautismal está nada menos que en el Museo Arqueológico Nacional.


Pero tras la desamortización, en lugar de constituirse como pueblo independiente (o como pedanía) fue transferido, con vecinos y todo, al señorío de los Carrillo. Así, los habitantes pasaron a ser meros colonos de una tierra que no les pertenecía.

Nos cuenta Elías Rubio en su libro que "la señorita" mandó construir sendas hileras de casas para renta de los colonos, siendo los muros actuales los restos de aquellas viviendas. Según mis datos en Mazariegos aún vivían 51 personas en 1900.
Pero si ya de por sí era dura en el campo, más dura era aún si trabajabas el campo de otros, y es frecuente que este tipo de poblamientos fuesen los primeros en desaparecer.
 

Volvemos a referirnos a Elías Rubio para citar la fecha de 1935 como aquella en la que hasta 32 particulares provenientes de Cuevas de San Clemente tomaron la espectacular iniciativa de comprar el pueblo a los propietarios. Allí se asentaron durante un tiempo y trataron de consolidar los edificios y levantar otros nuevos pero, ignorados por todos, la aventura duraría muy poco.

Hoy el pueblo queda dentro de la jurisdicción de Mecerreyes.